ACTIVIDAD DE TUS AMIGOS

    Bea: cuando somos nuestro peor enemigo

    Alguna vez leí un estudio que hablaba sobre la suerte. Éste proponía que aquellos individuos que se asumían a sí mismos como poseedores de buena fortuna, en realidad les iba mejor en la vida. Por el contrario, quienes se sentían desafortunados experimentaban una mayor cantidad de eventos adversos. A diferencia de lo que se pueda pensar, la explicación no tenía nada que ver con magia, gatos negros o espejos rotos; la investigación sustentaba que las personas que dicen tener buena suerte tienden a aprovechar mejor las oportunidades que les presenta la vida, mientras sus contrapartes las pasan de largo. En pocas palabras, no se trata de suerte, sino de actitud.

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    Mi amiga Bea me recuerda mucho ese artículo y más después de lo que le pasó en casa de Eduardo. Desde la universidad no veía a ninguno de los dos, pero hace poco los reencontré en una reunión de exalumnos. Eduardo, estaba a punto de casarse —por segunda vez— y organizó una fiesta muy grande para celebrar su reciente compromiso. Le marqué a Bea para saber si iba a ir.

    —¡Ea! ¿Cómo estás Anjito? —me saludó por teléfono.
    —Muy bien, ¿tú?
    —¡Súper! ¿Qué onda? ¿Vas a lo de Eduardo? —preguntó—. ¡Se nos casa!
    —Sí, justo para eso te hablaba. ¿Con quién vas a ir?
    —Con Carmen.
    —¿La que quiere contigo? —dije burlón.
    —No quiere conmigo —respondió seria—. ¿Tú vas con tu novia?
    —Sí —contesté—, ¿pasamos por ustedes?
    —No, mejor nos vemos allá.

    Colgamos y me quedé pensando en la relación de Carmen y Bea. La primera era abiertamente gay y usaba a su amiga como una especie de sustituto afectivo. Era celosa, le hacía escenas todo el tiempo y la trataba como si fueran pareja. En cambio, Bea negaba cualquier interés romántico o sexual que involucrara a Carmen, pero accedía a todas sus condiciones y exigencias. Ninguna de las dos se daba cuenta de que ese tipo de interinatos sólo las estaba haciendo perder el tiempo. Tener amigos no significa hacerse de suplentes para reemplazar una relación. Por definición los amigos no deberían ser exclusivos.

    Esa noche pasé por mi novia para ir a casa de Eduardo. Se notaba que al tipo le iba bien. Tenía un departamento en el corazón de la zona más pretendida y agitada de la ciudad, decorado con un muy pocos objetos, pero muy caros.

    —¡Ea! ¡Por fin conozco a tu señora, Anjito! —gritó Bea cuando nos vio entrar, en medio de la concurrencia.
    —Hola, mucho gusto —la saludó mi novia en medio de un abrazo.
    —¿Cosas buenas? —indagó Bea.
    —Claro que sí —contestó mi novia.
    —¿Y Carmen? —pregunté yo.
    —Ya no vino —dijo Bea bajando la mirada—. Tuvo una cita con una chava y me plantó.
    —Mejor —dijimos mi novia y yo al unísono, desenmascarando nuestra complicidad.

    La noche transcurrió y se abrieron varias botellas de vino. La pareja casadera chocaba sus copas con cuanta persona encontraba. Cada vez que los felicitaban y les deseaban éxito en su futuro matrimonio, a Eduardo se le descomponía el rostro mientras su prometida se llenaba de satisfacción.

    De repente, como un trompo haciéndose paso entre la multitud, Bea se nos acercó bailando.

    —¿Ya viste al guapo de allá? —le preguntó a mi novia.
    —¿El de lentes? —le respondió ella.
    —¡Uff! ¡Ése mero! —dijo Bea sin dejar de bailar.
    —Es el hermano menor de Eduardo— precisé yo.

    Como si nos hubiera estado escuchando, Polo, el hermano de mi amigo, giró su cabeza, nos encontró con la mirada y levantó su vaso para brindar a la distancia. Los tres devolvimos el gesto. Polo se disculpó con la persona con la que estaba platicando y caminó hacia donde estábamos.

    —¡El Anjo, tanto tiempo! —dijo.
    —El Polo —respondí—. Te presento a mi novia...
    —¡Ajem! —carraspeó Bea.
    —Y ella es Bea, una buena amiga de la carrera —añadí.
    —¿Y por qué no nos conocíamos? —se dirigió exclusivamente a ella.
    —No sé —respondió Bea apenada.
    —¿Qué estás tomando? —le preguntó Polo.
    —Vodka Rickey —le contestó.
    —Voy a la cocina, te traigo otro —dijo él.

    Se fue unos momentos y regresó con un par de vasos en las manos. Le entregó uno a Bea y se quedaron platicando. Mi novia y yo observamos incrédulos la escena: Bea, sin ningún esfuerzo, se había ligado al tipo más codiciado de la fiesta.

    Como una hora después, Bea se acercó, aprovechando que Polo había ido al baño.

    —Quiere que me vaya con él —dijo susurrando—. ¿Qué hago?
    —No sé —respondí—. ¿Qué quieres hacer?
    —¡Ay! Es que está demasiado guapo —dijo.

    En ese momento sonó su celular. Habló unos segundos con la persona en la otra línea y dijo:

    —¿Dónde estás? Ok, voy para allá —dijo antes de colgar.
    —¿Todo bien? —preguntó mi novia.
    Es Carmen. Se peleó con su chica —respondió—. Me tengo que ir.

    Salió apurada del departamento. En ese momento regresó Polo.

    —¿Y Bea? —preguntó.

    (Continuará el próximo martes...)

    Twitter: @AnjoNava

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