Tengo un problema con las bodas. Si se supone que es el día más especial en la vida de una pareja, entonces, ¿por qué son todas iguales? ¿No deberían de ser eventos únicos e irremplazables? En ellas hay una carencia total de imaginación: se bailan las mismas canciones, se come la misma comida y se realizan en los mismos lugares. Pasa igual con los regalos, jamás pensé que obsequiaría tantas licuadoras y tostadores en mi vida. Además está la parte del acto en sí, de contraer matrimonio. Durante las ceremonias no puedo dejar de preguntarme si las parejas saben lo están haciendo, ¿son conscientes en la que se meten?
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Mi amigo Eduardo sabía bien lo que hacía cuando decidió casarse por segunda vez.
Tenía años de no saber nada de él ni de ninguno de mis compañeros de la universidad. Cuando me reencontré con ellos recientemente, me impresionó que la mayoría se había casado por lo menos una vez. Todos menos Bea y yo, por supuesto.
Aunque Bea es una persona muy especial, con cualidades envidiables y un sentido del humor corrosivo y espontáneo, hay algo en ella que no es del todo atractivo y la ha mantenido alejada de una relación formal por muchos años. Es como si Bea irradiara soledad y desesperación.
Pero si algo puedo admirar de mi amiga es que, a pesar de tantos descalabros amorosos, no se rinde con facilidad. Hace poco empezaron a correr rumores en nuestro grupo de amigos que afirmaban que Bea se había enamorado de un colega de su trabajo y que había iniciado una relación romántica con él. La magnitud y seriedad de la misma eran aún un misterio para todos, pero lo que generaba mayor intriga era la identidad del hombre en cuestión. Nadie lo había visto en persona, ni conocía su nombre. Bea llegaba sola a las reuniones, siempre con un pretexto que justificaba la ausencia de su pareja.
Se acercaba la boda de Eduardo y yo todavía no compraba su regalo. Le pedí a mi novia que me acompañara a comprar un tostador o una licuadora. Mientras recorríamos con pereza la tienda departamental, escuchamos un sonido tan particular como familiar:
—¡Ea! ¿Cómo están? —gritó Bea cuando nos reconoció a la distancia.
—Muy bien, ¿y tú? —dijimos mi novia y yo al mismo tiempo.
—¡Súper! —respondió con una sonrisa—. ¿Vienen a comprar el regalo de Edu?
—¿Sí, también vas a la boda? —le pregunté.
—¡Claro! —afirmó—. ¡Es el evento del año!
—Y, ¿con quién vas? —pregunté con perspicacia.
Bea titubeó por un momento hasta que dijo:
—Con mi chavo.
—No sabía que tenías novio —respondí.
—Muchas felicidades —dijo mi novia con diplomacia.
—Gracias. Arturo y yo llevamos poquito —afirmó Bea.
—Nos va a dar mucho gusto conocerlo —dije yo—. Entonces, ¿nos vemos el sábado?
—¡Claro! —aseguró.
Nos despedimos y Bea desapareció entre los demás compradores, mientras nosotros decidíamos el regalo.
Llegó el sábado y con él las nupcias de mi amigo.
—Mira ahí está —señaló mi novia cuando por fin dimos con el lugar, después de manejar un par de horas y perdernos otra más para lograrlo. Mis amigos nos recibieron con reclamos por no haber llegado a tiempo a la misa.
—Dense por bien servidos que vinimos —les dije molesto.
En ese momento apareció Bea con su clásica expresión:
—¡Ea! ¡Anjito y señora!
—¡Bea! ¿Cómo estás? —respondió mi novia.
—Bien, bien, gracias. ¿Se acuerdan de Carmen? —nos preguntó.
—Sí, claro —saludamos formales.
—Voy por un trago —dijo Carmen mientras se daba la vuelta hacia la barra.
Aproveché la oportunidad y pregunté:
—¿Qué pasó con tu novio?
—No vino, y no me acompañará a ningún lado nunca más —afirmó Bea.
Nos explicó que Arturo, el enigmático novio, nunca iba con ella a ninguna parte, argumentando que tenía mucho trabajo. Pero Bea trabajaba con él y sabía que no era cierto, sin embargo, lo aceptaba así, con su intermitencia, tanto física como emocional. Incluso el día que nos la encontramos en el centro comercial estaba en un período en el que él le había dejado de hablar porque sí, lo único que ella no sabía es que sería permanente. Arturo le mandó un correo electrónico unos días después diciéndole que ya no eran novios. El tipo había hecho su máximo truco de desaparición.
Regresó Carmen con un par de caballitos de tequila.
—Te traje uno —le dijo a Bea.
—Gracias —respondió ella.
—Qué historia, Bea. Por lo menos no te casaste con él. En cambio mira al pobre de Eduardo, jurando amor eterno por segunda vez —dije.
—Tienes razón —respondió antes de empinarse el tequila—. ¡Ea! A bailar, ¿o qué?
Se fue hacia la pista arrastrando a Carmen de la mano. Mi novia y yo nos miramos sin decir una palabra. Pensé que lo que le pasaba a Bea, la fuente de sus problemas, era su nula autoestima, misma que disfrazaba con un espíritu libre y apasionado. No había consejo que yo ni nadie le pudiera dar para cambiar su situación. Bea tenía que aprender que para ser amada, primero se tenía que querer ella misma.
Twitter: @AnjoNava
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