(Parte 3 de 4)
Cuando era joven quería estar en un grupo de rock. Una fantasía que probablemente vivía en las cabezas de una gran parte de los muchachitos de mi edad. Aunque aprendí a tocar el bajo eléctrico y la batería, nunca fui muy diestro en ninguno de los dos. Así que, conforme los años siguieron su curso, la aspiración quedó allí, como una aspiración.
Thinkstockphotos
—Y qué bueno —le dije una tarde a mi amiga Sara—; no hubiera podido con el ajetreo.
Yo tenía algunos meses escribiendo de música y me había inmerso en la profundidad de esa industria. Fue un momento en el que conocí a muchos grupos, representantes, otros escritores, empresarios y locutores. Mientras más me adentraba, mayor era la desilusión. Descubrí que aunque había mucho talento, predominaba la ambición y los intereses económicos en aquellos que tomaban las decisiones importantes. Por su parte, Sara le dedicaba gran parte de su tiempo al grupo que había formado con otras dos amigas y mi opinión sobre la maquinaria que movía al rock de nuestro país la tenía sin cuidado.
Esa noche íbamos a un cóctel donde se reuniría mucha de esa gente y, ante mi sugerencia, Sara accedió a acompañarme para hacer un poco de relaciones públicas.
—No quiero ir— dijo Sara en el auto.
—Si quieres que conozcan tu música, antes te tienen que conocer a ti— respondí.
—¿Y si se la mando por correo? —preguntó.
—No la escucharán —respondí—. Dime qué contactos tienes en tu teléfono celular y te diré quién eres.
—Odio el sistema —remató—. Toda nuestra música es contestataria y para que un público la escuche tengo que poner mi mejor cara.
—Así es esto, para cambiar algo hay que dinamitarlo desde adentro.
Media hora más tarde llegamos al Centro y caminamos hacia el lugar. Era tarde y adonde volteáramos se veían pequeñas peregrinaciones de músicos que deambulaban como zombis por las calles. Los seguimos hasta una enorme construcción deshabitada. No había iluminación eléctrica y todo el sitio estaba alumbrado por cientos de veladoras que corrían sobre las vigas empotradas en las paredes. En la barra sólo servían tragos hechos con el vodka que patrocinaba el evento.
—No soy aficionado al vodka —dije después de probar mi bebida.
—Es gratis, tómatela —ordenó Sara.
Para una fiesta llena de músicos, la música era muy mala. Nos alejamos lo más posible del DJ y nos instalamos en una mesa.
—¿Tienen fuego? —nos preguntó una mujer alta y delgada con un cigarrillo en la boca.
Sara palideció y se puso a buscar frenética un encendedor dentro de su bolsa. A pesar de que no fumaba, extrajo un milagroso mechero, lo prendió y se lo acercó a la mujer. Ella, agradecida y aliviada, entrecerró los ojos y sujetó las manos de Sara para que no se apagara la flama.
—Mil gracias —dijo la mujer alejándose de nosotros.
—No lo puedo creer —exclamó Sara.
—¿Qué? —pregunté yo.
—Era, Margot, la vocalista del grupo que fuimos a ver el otro día, ¿te acuerdas?
—¿La de los tipos con máscaras de conejos?
—Ella misma —dijo—. ¡Vámonos, ya no quiero estar aquí!
—¿Cómo? ¡Es tu oportunidad de conocerla!
Nos volvimos a integrar a la fiesta y me encontré a un amigo editor, quien estaba muy emocionado de conocer a Sara. Había ido a verla a uno de sus conciertos y quedó muy impresionado. De pronto se aproximó Margot nuevamente. Venía de la mano con un tipo de traje, que no encajaba con el resto de los atavíos de la concurrencia. Saludaron al editor y éste nos presentó a nosotros.
—Ya nos conocimos —respondió Margot sin inmutar su rostro de porcelana—. Ella me dio fuego.
Sara se descompuso otra vez. El resto compartimos anécdotas hasta que el acompañante de Margot anunció que iría al baño y por otro par de bebidas. No se había acabado de ir cuando Margot dijo:
—Tengo ganas de 'hacerlo'.
—Yo también —respondió inesperadamente Sara, levantando su mano derecha.
Sin decir nada, Margot tomó a Sara del brazo y se la llevó de ahí. Como si hubieran estado coreografiadas sus acciones, regresó el acompañante con un vaso en cada mano. Inquieto, volteaba a ver su reloj y nos preguntaba por su compañera, a lo que sólo podíamos responder con gestos de ignorancia.
Unos quince minutos más tarde el tipo fue a buscar a Margot. La encontró con Sara en un rincón agarrándose a besos como si el mundo fuera a terminar esa noche. Sorprendido, el tipo soltó los vasos, bañando a todos a su alrededor. Sujetó a Margot del brazo y le pidió explicaciones. La cantante enfurecida le lanzó ceniceros, una silla, los hielos de un vaso abandonado y cuanto objeto encontraba a su paso. Tratando de esquivarlos, el hombre le gritaba un catálogo de groserías.
Tomé a Sara de la muñeca y la saqué del lugar. No dijimos ni una palabra en el taxi de regreso a nuestras casas. Pensé que quizás a Sara le había pasado lo mismo que a mí con la música: se había enamorado de una idea.
—Mira, me dio su teléfono —dijo ilusionada mientras sacaba de su pantalón una servilleta doblada.
Creo que no me equivoqué.
(Continuará el próximo martes...)
Twitter: @AnjoNava
Quizás te interese:
Sara: parte 1 de 4
Sara: parte 2 de 4
La historia de Irene
Sigue las historias de Crónicas del Mejor Amigo todos los martes.
