ACTIVIDAD DE TUS AMIGOS

    Otra vez a dieta

    Hubo una semana de calor desubicado en pleno invierno, y Eugenia V. confirmó al sacarse un poco de ropa que si seguía aumentando de peso como en estos primeros seis meses del año, seguramente al llegar el verano, no le entrarían los vestidos y el pantalón blanco estallaría en mil pedazos.

    Una vez más, consultó a sus amigas, y a las revistas de moda, tratando de encontrar la salvación. En sus 34 años ya había probado todas las dietas. La Disociada, la de La luna, la del Astronauta, la de la Sopa de cebolla.

    También había visitado a todos los profesionales de moda y los productos light teñían de verde el interior de su heladera desde hacía años. Sin embargo, cada dos o tres inviernos, la balanza superaba los 70 kilos y ella, obediente, salía a buscar algún profesional que le recordara lo que ya sabía: los prohibidos, los permitidos y el tamaño de las porciones.

    Es cierto, Eugenia quería bajar algunos kilitos, pero si se sentía en falta era por algo más que por cómo se veía frente al espejo.

    ¿Cómo podía ser que no cuidara su cuerpo? ¿Qué desataba esa urgencia por un segundo plato de comida, por algo dulce después del almuerzo o la cena? ¿Cómo podía ser que abandonara la gimnasia ni bien volvía de las vacaciones? ¿Sólo le importaba estar bien si su cuerpo debía exponerse públicamente?

    Fue entonces cuando decidió tomarse en serio. Frente a la computadora enumeró las razones que la llevaban a descuidarse. No sólo físicamente, también las que la llevaban a no respetar su tiempo y su deseo. Además escribió el nombre de las personas y las cosas que la mortificaban. Y se prometió buscarle a todo esto otra solución que no fuera la comida. Así, empezó su nueva dieta.

    ¿Por qué vivimos a dieta? ¿Qué parte de “cuidarnos” no entendemos?